Percontari Nº 19

En pos de una comunicación original y ejemplar

Dejándolo de manifiesto en cuantiosas oportunidades, Bertrand Russell fue un filósofo que se distinguió por el sentido del humor. Estuvo lejos de quienes conciben el pensamiento como un oficio que, para su ejecución, exige ceños fruncidos, mirada penetrante y, entre otros requerimientos, censurar cualquier gracia. En una ocasión, evidenciando dicha virtud, dijo que jamás había escrito sobre estética porque no tenía dominio del tema, ignorándolo de forma significativa; sin embargo, complementando la explicación, aclaró que, según algunos colegas, eso nunca le había impedido reflexionar sobre otros múltiples asuntos. Pasa que, durante su dilatada existencia, pensó acerca de diferentes terrenos del saber, llegando incluso a protagonizar debates e instigar a la rebeldía en varias áreas. Habló, pues, de diversas cuestiones, pero dejó sin examen propio esa esfera en que la belleza y, por supuesto, el arte son fundamentales. Por suerte, otros como Kant, Hegel y Alain fueron más osados.

Contemporáneamente, los razonamientos en torno al arte pueden remitirnos al estudio de muchos autores. André Comte-Sponville es uno de los pensadores que ha escrito al respecto. Lo hace de forma pedagógica, clara, provechosa, como siempre. Destaco que, para él, los elementos que resultan indispensables para hablar de una obra maestra son dos, a saber: originalidad y ejemplaridad. El primer requisito nos aleja de la imitación, aun cuando ésta sea notable; por tanto, no podríamos ofrecer al prójimo algo que ya hubiese conocido. No se trata de alentar las rupturas radicales, revolucionarias; ser original no implica abolir el pasado. Por otro lado, esa creación artística debería ser ejemplar, despertando admiraciones, así como suscitando otras reacciones positivas, efectos mediante los cuales las personas puedan advertir cómo es vencida su indiferencia. De esta manera, se reconoce un componente fascinador en ese tipo de hazañas.

En definitiva, el desafío tiene que ver con ser tan singulares cuanto dignos del aprecio ajeno, sea racional o emotivo. Conforme a este parecer, el artista no podría ser presentado como agente que combina misantropía con cierta consciencia de lo bello. Su producción, como señala Sartre cuando habla de la literatura, no se agota en el concepto del soliloquio. Por consiguiente, la comunicación con su semejante será parte de sus designios, aunque sin desdeñar las formas, los modos, el estilo. No es un propósito que se pueda conseguir con facilidad. Quizá por esto quienes son reconocidos allí como genios sean tan pocos. Aludo a personas que han podido comunicarse —aún hoy, varios siglos después de su deceso— con la mayor de las eficacias posibles. Es cierto que pertenecen a nuestra misma especie; no obstante, ante su obra, como pasa con Leonardo, uno se siente gratamente inferior. En cualquier caso, ésta es apenas una de las perspectivas que nos depara el arte. Las páginas que constituyen este número sirven para evidenciar cuán distintos son los criterios en ese ámbito.

 

Percontari N° 18

Del inestable motor de la historia

En 1968, al concluir su monumental trabajo sobre los distintos momentos, estadios o eras que atravesó nuestra civilización, Will y Ariel Durant publicaron Las lecciones de la historia. Hasta antes de su lanzamiento, habían escrito diez tomos, ofreciéndonos un análisis del pasado occidental que resultaba tan variado cuanto provechoso. Sin embargo, desde su óptica, era necesario reflexionar al respecto, pensar acerca de las enseñanzas que habrían dejado quienes nos antecedieron. Así, merced a los aciertos e innumerables equivocaciones del hombre, concebíamos la posibilidad de contar con una enorme maestra. Porque no tenemos el grado de originalidad que muchos suponen; al contrario, cuantiosos problemas nos persiguen desde los primeros tiempos, por lo cual, mirando hacia atrás, podrían servirnos para evitar reincidencias.
Pero concebir la historia como una pedagoga no es el único modo de hacerlo. Es igualmente posible que la entendamos como un proceso gracias al cual una sociedad se desarrolla. En este caso, al revisar el pasado, contemplamos una serie de acontecimientos que pueden ser asociados entre sí, presentándosemos como un conjunto más o menos coherente, útil para evaluar los cambios suscitados hasta hoy. Ocurre que, aun cuando el conformismo de numerosos sujetos lo haya deseado, la realidad social no ha permanecido invariable. Tenemos, pues, modificaciones de toda naturaleza que contribuyeron a mejorar, así como, en ciertos casos, empeorar, nuestra convivencia. Salvo que nos limitemos a propugnar una visión teológica, cabe reconocer al ser humano como único responsable de tales vicisitudes. Esto último conlleva la necesidad de considerar diversos factores, móviles que pueden influir en sus decisiones.
Es que, aunque seamos los autores exclusivos de cada experimento social, con sus bondades e infortunios, no hemos sido impulsados por una sola causa. Yo sé que a más de uno le gustaría creer en un pasado marcado profundamente por la racionalidad. Lo cierto es que, si bien nos ha acompañado en varias oportunidades, su ausencia fue asimismo significativa. En este sentido, tenemos cambios que han operado por mandato de la razón; empero, el pasado puede ser también humillante. Me refiero a tonterías, absurdos y dislates que han movido al prójimo, conduciéndolo hasta el encumbramiento de viles autócratas. Nos ayudó la luz, con seguridad, mas sin que aquello implique liquidar cualesquier tinieblas. Dejarse guiar por los sentimientos, las emociones y la pasión no ha servido para evitar ese funesto destino.
Desde la Edad Antigua, con Heráclito, el cambio se halla ligado a la violencia. Si examinamos lo que ha sucedido en los diferentes siglos, no podremos sino admitir la validez de su vinculación. Recordemos los innúmeros conflictos, batallas, guerras, golpes, revueltas y revoluciones: la fuerza produjo alteraciones de toda índole. No obstante, además del combate, nos encontramos con la cooperación. Debemos desconfiar de los reduccionismos que tengan estas características. El hombre no es un ser angelical, pero tampoco demoniaco; por tanto, sus obras, incluyendo la historia, deben ser estudiadas bajo esa premisa. Queda la ilusión de que el contenido del presente número pueda servir para reflexionar al respecto, entre otros temas ligados al pasado.

 

Percontari Nº 17

Por el conocimiento sobre la revelación

Si un filósofo se caracteriza por buscar autónomamente la verdad, empleando sus propios recursos, reflexionando sobre diversos temas que juzga relevantes, las explicaciones tan externas cuanto irracionales le resultarán indeseables. En este sentido, no debería bastarle con las respuestas que fuesen lanzadas por instancias o círculos accesibles sólo gracias a la revelación. Es cierto que, mientras transitamos por los caminos de una religión cualquiera, podemos ampliar nuestros conocimientos, incluso toparnos con saberes bastante útiles para vivir. Considerar que todas sus dimensiones son una calamidad es, por lo menos, una exageración. Sin embargo, hay un punto en el que no podemos mantener esa suerte de armonía. Porque, mientras el creyente recurrirá, en último término, a los dictados de la divinidad que merece su fe, nosotros nos rehusaríamos siempre a convalidar esa situación. Aun cuando la razón nunca nos dará certezas definitivas, tal como pasa con las afirmaciones de una deidad, es producto del trabajo personal, uno que vuelve posible nuestro avance, aunque, a veces, sea éste demasiado vulnerable. Son, pues, suficientes esas conjeturas que abrigamos para sentirnos más o menos a gusto, tan libres cuanto falibles, y no, por el contrario, seguros del destino de mayor inflexibilidad.

Pese a situarnos en un escenario donde lo esencial es incompatible con ritos y demás quehaceres, decantarse por su desprecio sería un absurdo. Huelga decir que no es necesario ser creyente para preocuparse por los asuntos religiosos. Así como hubo hombres de fe, tales como Kant, Hegel o, hasta hace algunos años, Julián Marías, que discurrieron al respecto, también lo hicieron otros autores sin tales confesiones. Desde luego, existieron pensadores que asociaron la creencia con las instituciones levantadas en su nombre, criticando los vicios que cometían quienes tenían allí autoridad. De manera que las prácticas servían para cuestionar postulados propugnados por su religión. No obstante, hallamos asimismo posiciones militantemente ateas. El caso de Holbach es significativo, pero también, en nuestros días, los ataques lanzados por Michel Onfray. En su criterio, resumiéndolo, por generar problemas como el fanatismo y la intolerancia, impidiendo debates que contribuyan al mejoramiento de nuestra convivencia, no podríamos sino considerar a la religión como algo negativo.

Cuando la filosofía inquiere acerca de cuestiones signadas por lo religioso, podemos encontrar nuevos sentidos a lo ya conocido. Pasa, por ejemplo, en la lectura de Dostoeivski que López Aranguren hizo al escribir un ensayo publicado el año 1969. Ahí, entre otras provechosas ideas, se analiza la diferencia entre milagro y fe, dos elementos que nos relacionan con el tiempo, tanto presente como futuro, respectivamente, resultando fundamentales para entender las actitudes de varias personas. Porque, aun cuando se llegará, sin excepción, al momento en que alguien invoque la revelación, el esfuerzo de buscar por esos lares mayores esclarecimientos será beneficioso. Esperamos que, teniendo ese propósito, los textos del presente número cuenten con sus más cordiales atenciones.

 

Percontari Nº 16

Pedagogía de la deslealtad

En su libro Lecciones de los maestros, George Steiner escribe sobre varias relaciones entre discípulos y educadores. A través de sus páginas, signadas por el encanto que suele distinguir la prosa del autor, nos encontramos con diferentes parejas; algunas son literarias, pero hay también filosóficas. Un caso que resulta llamativo es el de Martin Heidegger. Sucede que, en principio, fue alumno de Edmund Husserl; es más, sin su fenomenología, Sein und Zeit jamás habría sido escrito. No es casual que la primera edición estuviese dedicada a su entonces entrañable profesor. Sin embargo, con el paso del tiempo, su distanciamiento de las enseñanzas que había recibido sería cada vez mayor. No sólo hubo desapego intelectual, sino también desamparo. En efecto, cuando ejercía el rectorado de la Universidad de Friburgo, donde había llegado a ser docente gracias al maestro, se atacó al profesorado judío. Su antiguo amigo fue aislado, privándosele del acceso a la biblioteca institucional, por lo cual no dudó en sentirse traicionado. El brillante alumno ni siquiera asistió al entierro de quien lo había valorado bastante en sus años estudiantiles.

Si bien, aun cuando Ernst Nolte y otros biógrafos se esfuercen por moderarla, esa deslealtad de Heidegger no admite discusión en el plano político o cívico, tal vez sea la única condenable. Ocurre que, antes de la llegada del nazismo al poder, ya se había producido una perfidia o, mejor aún, un cuestionamiento profundo al maestro. Sus ideas habían dejado de ser esclarecedoras, hasta cuando hablaba de temas fenomenológicos. Lo criticó de manera creciente, pudiendo concluirse que, para él, los conceptos empleados por Husserl merecían una reconsideración. Con todo, respecto a las ideas, hay aquí un gran trabajo del profesor. Es que, si, como educadores, aspiramos a forjar mentes autónomas, la mejor prueba de aquello es tener un discipulado contestatario. Es verdad que no se puede partir de la nada, despreciando del todo los conocimientos anteriores, incluyendo aquéllos impartidos por nuestros docentes. Negarlo sería un disparate. Pero, una vez comprendidos esos fundamentos, puede asumirse una misión más grande, esto es, su revisión. Así, pueden remirarse nociones que parecían indeliberables, procurando su complementación o, en determinadas circunstancias, la rectificación. Conseguir que se asuma tal tarea es la evidencia de un magnífico ejercicio del magisterio. Fue lo que, respecto a las objeciones aristotélicas, también pudo haber sentido Platón.

Por supuesto, no basta con advertir la multiplicación de alumnos insumisos para proclamar el espléndido nivel del educador. Lo que se busca es una crítica tan ilustrada cuanto esclarecida. No es una tarea de menor tamaño; empero, si fuera exitoso, el proceso educativo debería conseguirlo. Es uno de los aspectos que se puede tomar en cuenta al reflexionar sobre ese tema. Por fortuna, quienes colaboran en este número de la revista contribuyen a enriquecer su análisis. Huelga decir que no se anhelan lectores devotos, sino, por lo contrario, críticos y desleales.

 

Percontari Nº 15

 

La ilusoria pretensión del control absoluto

Es erróneo suponer que la moderación resulta siempre positiva. Ocurre que, a veces, las pretensiones elevadas, incluso de apariencia imposible, pueden ser tan memorables cuanto beneficiosas. No descarto que, casi de manera regular, las personas se hayan topado con malos ejemplos al respecto. Los deseos de tener el poder absoluto, verbigracia, han dejado en lo pasado razones válidas para justificar su censura. Puede usar un tono modesto, hasta de sometimiento; sin embargo, tarde o temprano, la megalomanía del gobernante nos tendrá como víctimas. En este sentido, cabe tener reparos cuando aspirantes al ejercicio del mando, de cualquier nivel, dejan advertir su predilección por lo absoluto. Despreocuparse de tales riesgos equivale a consentir nuestra paulatina sumisión. Con todo, tal como lo señalé al comienzo, es también posible que los anhelos de gran envergadura puedan juzgarse positivos.

Ciertamente, no es lo mismo ansiar todo el poder que procurar la sabiduría en cualquier campo. Este segundo caso nos coloca en una situación que, para quienes aprecian la razón, puede calificarse de admirable, aunque, al final, reconozcamos su carácter ilusorio. Subrayo esto último porque, salvo para los creyentes, la omnisciencia es un atributo que nadie posee. No obstante, en distintas épocas, hallamos personas que tienen ese propósito intelectual. Lo pueden hacer por gusto, ya que, al menos, la búsqueda genera placer, pero también impulsados por otro motor: el orden. Pasa que, desde su perspectiva, el conocimiento debe servir para tener certezas, permitiendo planes rigurosos y, en definitiva, control de nuestra realidad. Imperando esta creencia, se rechaza todo vacío, cualquiera de las inseguridades que nos imponga el destino. Porque son obstáculos que desencadenan inestabilidad, desequilibrios, más aún, descontrol. Recordemos que, por sus lazos con las incertidumbres, no todos los individuos gustan de la libertad.

En El mito de Sísifo, Albert Camus reflexiona sobre cómo las personas se frustran frente al silencio del mundo ante nuestra pretensión de total comprensión. Nos gustaría conocer el universo entero, someter al escrutinio de la razón desde las nimiedades hasta los fenómenos más importantes. Quisiéramos tener esa comprensión omnímoda, ordenando cada uno de los elementos que se nos presentan y, por tanto, evitando reveses e imprevistos desagradables. El problema es que tenemos limitaciones, las cuales son irremediables. Así, lo más sensato pasaría por aspirar a tener condiciones que nos ofrezcan cierta estabilidad. Es un fin modesto, pero puede calificarse de aceptable. Todo lo demás nos superaría. Es una de las conclusiones que, compuestos con el mejor ánimo, nos ofrecen los textos del presente número. Se deja constancia del deseo de que su lectura sea provechosa. Por cierto, para examinar su contenido, usted puede seguir el orden que le parezca mejor. No faltaba más.

 

Percontari Nº 14

Revolución e infelicidad

Conforme a lo expresado por Bertrand Russell, la felicidad puede ser concebida como una carencia de cosas que se desean. Lo normal es que la resignación frente a esta insuficiencia no sea sencilla. La cuestión se torna más compleja cuando quien debe reconocerla, desencadenando luego las consecuentes frustraciones, cree que sus virtudes son supremas, por lo que las limitaciones serían inaceptables. Es posible que, afectados por conocimientos inexactos, supersticiones o cualquier otra causa, los demás sujetos deban rendirse ante tal destino. Para estos hombres sin altura, acostumbrados a lo cotidiano, nada sería más razonable que admitir la imposibilidad de alcanzar alguna cumbre. Empero, la situación es distinta cuando pensamos en un revolucionario. En este último caso, la sola mención de que algo es inalcanzable puede producir indignación. No habría nada que se halle fuera del campo en el cual actúa; bajo su égida, la realidad jamás se convertirá en un obstáculo para ser feliz a cabalidad.

Toda revolución parte del conocimiento de una injusticia y, además, su correspondiente repulsa. Los que la protagonizan se enteran de una situación que contradice sus más profundas convicciones, dejándolos en un dilema: la complicidad o el cambio radical. La segunda opción surge porque no se trataría de un elemento accidental; en realidad, todo el sistema estaría también mancillado, envilecido. Las modificaciones de carácter parcial resultarían inadmisibles. Lo que se busca es un escenario inaudito, una sociedad en la cual ningún agravio vuelva a presentarse. Por supuesto, para lograr este cometido, desde Robespierre hasta Lenin, se ha invocado la razón. Si la inteligencia permitió que numerosas adversidades fuesen abatidas, debería servirnos para conseguir esa transformación. La desgracia es que ellos no tomaron en cuenta nuestras inseparables imperfecciones. No bastaba con haber leído El contrato social, engullido a Karl Marx o predicado cotidianamente las enseñanzas bíblicas: sus semejantes podían proceder de modo diferente. Es más, los futuros beneficiarios de su obra podrían querer un hado en el que nadie los obligase a ser impecables.

Insatisfechos con la vida teórica, varios filósofos se ilusionaron cuando alguna revolución llegó a su puerto. Pusieron entonces su ingenio, así como el malabarismo verbal, a disposición de quienes anunciaban la salvación del mundo. Ya conocían del fracaso de Platón en Siracusa; asimismo, entendían que, por distintos factores, las injusticias nunca desaparecerían del orbe. Mas no concebían la modesta idea de Amartya Sen, para quien debemos limitarnos a enfrentar las injusticias concretas, procurar su mitigación, siendo lo demás utópico. No, su pretensión era superior. Se perseguía la conclusión de cualquier conflicto. Imperaba la creencia de que las ideas servirían para iluminar al prójimo y resolver toda desavenencia. La decepción les llegaría luego, aunque sin el mismo impacto. En cualquier caso, haberse rendido así a esa tentación es un fenómeno que se ha considerado al elegir el tema del presente número. Esperamos que las siguientes páginas sean útiles para considerar distintos aspectos de esa quimera, no siempre política, desde luego.

 

Percontari Nº 13

Frente al pesimismo y la candidez

En el análisis que realiza de la cultura occidental, Emmanuel Berl opta por negar igualmente autoridad a pesimistas y optimistas. Desde su perspectiva, las experiencias que hemos acumulado hasta el momento estarían en condiciones de motivar ambas posiciones. En efecto, así como, con facilidad, podemos encontrar más de una razón para subrayar la perversidad e infamia de los hombres, es también posible conmoverse frente a las acciones del prójimo. No negamos que hubo esa monstruosidad mayúscula de Auschwitz ni, menos todavía, las hambrunas o los abusos originados en el ejercicio arbitrario del poder. Cualquier época, incluyendo la de los Antoninos, tan apreciada por Gibbon y Octavio Paz, sirve para notar injusticias. Con todo, la mirada puesta en el pasado no conduce siempre a la decepción. Porque es asimismo factible que recordemos la celebración de armisticios, los derechos humanos, incluso las obras maestras, cuya existencia demuestra cuán valiosa puede resultar nuestra especie. El abandono y la censura del esclavismo, en su vigencia contemporánea, entre otras postura éticas, abonan una esperanza, así sea moderada, en lo venidero.

Pero el reconocimiento de mejores circunstancias en las cuales podamos desenvolvernos, sea como individuos, personas o ciudadanos, no debe implicar que olvidemos los riesgos del estancamiento y la regresión. No tenemos ningún mandato genético que, una vez aprendida la lección del genocidio, por ejemplo, descarte cualquier reincidencia en ese campo. Es verdad que la educación puede ser muy útil para evitar esas reiteraciones; se trata de transmitir una cultura favorable a nuestra convivencia, más aún, a cada hombre, libre y digno. No obstante, la iluminación en estas materias nunca termina, pues el error jamás se hallará fuera de nuestro alcance. Lo que puede alentar el cometido es la capacidad reflexiva de quienes nos acompañan en estos quehaceres impuestos por la vida. Por supuesto, no hay aquí sitio para la inocencia. Está claro que, en considerables casos, tener una discusión racional sobre diversos males, tanto presentes como pretéritos, puede ser inviable.

Es indudable que varias décadas del siglo XX alimentaron la desconfianza en el perfeccionamiento del hombre, quitando respaldo a quienes lanzaron sus entusiastas predicciones mientras nuestro avance parecía irreversible. En esta centuria, no tuvimos un gran inicio, puesto que, una vez más, la violencia y el dogmatismo dejaron sentir su presencia. Empero, este oscurantismo renovado, usuario de las nuevas tecnologías, pero asimismo favorecido por innúmeras frivolidades, debe ser considerado en su justa dimensión, sin dirigirnos a conclusiones erróneas sobre la realidad. Es uno de los propósitos que se persiguen en las siguientes páginas. Desde luego, existen párrafos que llevan la marca del optimismo, aunque también tienen el signo contrario; en cualquier caso, la crítica continúa siendo nuestro común denominador.

 

Percontari Nº 12

El desdén y la condena

En su Ocaso de los ídolos o cómo se filosofa con el martillo, Nietzsche niega que alguien pueda presentarse ante nosotros y, con indiscutible autoridad, decirnos cómo debería ser el hombre. Pasa que, debido a nuestra vertiginosa diversidad, aunque no necesariamente rica en todas sus facetas, fijar una sola concepción es un absurdo. Solamente la soberbia, fomentada, desde luego, por el desconocimiento de lo elemental, así como el fanatismo, puede explicar esa pretensión uniformadora. Sin embargo, concordar con ese reconocimiento de variedad humana no tendría que conllevar el rechazo a cualquier coincidencia. No me refiero a las obvias similitudes que se presentan en el plano material, físico; más allá del cuerpo, encontramos también sitio para las semejanzas. Aludo a valores, principios e ideales que pueden merecer la defensa de dos o más personas, orientando sus relaciones, sustentado vínculos, pero también permitiendo marcar diferencias con el resto. Es más, siguiendo esta línea, podemos llegar a rebasar los límites de una exposición, del señalamiento sobre lo que debemos ser, cuestionando a quien no sea compatible con aquello.

Cuando, en una conferencia de 1945, reivindicó el carácter humanista del existencialismo, Sartre habló sobre cómo, al elegir, un individuo se convertía en legislador universal. Todas sus decisiones, al final, servían para forjar una concepción del hombre que se debía ser, gracias al cual pudieran incluso lanzarse juicios de valor. Conforme a Protágoras, ésa sería la medida de todas las cosas, el criterio para examinar y, además, condenar. Pero no se alude únicamente a las críticas, los cuestionamientos que afectan en singular. Hay asimismo la posibilidad de que juzguemos inaceptable una situación de índole grupal, social, nacional o hasta mundial. Así, teniendo presente una idea fundamental, es posible que el simple cercioramiento de lo diverso sea inaceptable.

Si bien hay pensadores y escuelas que lo rechazan, la existencia de hechos objetivamente inmorales, indispensables para notar lo injusto, es plausible; más aún, considerarla como una premisa para fundar nuestra convivencia no podría estimarse sino necesario mientras aspiremos a tener razonables normas en común. Los quebrantamientos que se dan al respecto, provocando desarmonías, además de afectar a cada sujeto, ponen en riesgo lo convenido para tener mejores días o, al menos, con no tan frecuentes conflictos, ofensas, injusticias. Entenderlo es, por ende, una labor que toca cumplir entretanto haya la intención de no quedarnos con la disyuntiva del desdén o el conformismo. En este número, los ensayos que siguen a continuación tienen el objetivo de favorecer una comprensión tan relevante como ésa. No hay el afán de procrear justicieros ni moralistas; bastaría con generar preguntas en torno al tema, rescatando sus aspectos individuales y colectivos, para que el quehacer se crea cumplido.

 

Percontari Nº 11

La negación de nuestra insuficiencia

En un texto sobre la tragedia griega, Castoriadis presenta a Prometeo como quien habría enseñado a los hombres que eran mortales. Tomar consciencia de una verdad como ésa no era irrelevante; por el contrario, en muchos casos, su percatación puede resultar difícil, incluso demoledora. En épocas que llevan la huella del optimismo, sea éste individual o colectivo, nada parece moderar nuestras pretensiones. Ciertamente, puede llegarse al exceso de creer que aun los obstáculos más colosales caerán frente a la voluntad, ante una entusiasta e invarible intransigencia. Con todo, cuando advertirmos que hay una barrera indeclinable, capaz de liquidar todos los sueños, nuestras dimensiones pierden su carácter fenomenal. Así, con rigor, se impone la humildad y, por tanto, las concepciones acerca del futuro se tornan modestas, razonables, realistas. Esto no quiere decir que, al ocurrir ese acontecimiento, hubiésemos perdido toda esperanza; salvo excepciones muy notables, aunque sea en niveles ínfimos, esa virtud nos acompaña siempre. Es más, su presencia puede distanciarnos nuevamente de la realidad, aunque nunca tanto como dos elementos sin los cuales muchas vidas resultarían incomprensibles: ilusión y fe.

No es necesario que alguien sea un amargado empedernido para formular quejas, lanzando insultos y obsequiando maldiciones, en contra de la realidad. Son incalculables las ocasiones en que nos damos cuenta de nuestras limitaciones. Porque no es sencillo resolver los distintos problemas que, en diferentes campos, se presentan a diario. Se requiere valentía para enfrentar esos desafíos, pero también mesura, una virtud que nos mantiene distantes de lo ilusorio. Lamentablemente, la tentación de caer en cualquier salida fantástica, gracias a cuyas atenciones los días ya nos parecen menos frustrantes, triunfa en numerosos casos. Son sus ejecutores quienes eludirán el reconocimiento de los límites que, por diversas causas, nos obligan a no engrandecer nuestras expectativas. En este sentido, nos plantearán que todo lo deseado es hacedero. No sólo esto. Porque ellos juzgarán imperativo que se produzca un cambio radical, una transformación merced a la cual todo lo pasado sea liquidado. Sin embargo, en la realización de ese cometido, tarde o temprano, entenderemos que ninguna perfección, peor aún social, nos tiene como titulares.

Desde Platón hasta Nozick, muchos filósofos se han ocupado de pensar en un orden o sistema perfecto. En más de una oportunidad, alentados por variados móviles, hubo autores que intentaron cubrir nuestras imperdibles falencias con sus ilusiones. Su apogeo y, cuando acomete la materialización del anhelo, el inevitable fracaso sirven para entender una particularidad que nos es propia, esa negación a aceptar, de buen gusto, defectos, miserias e incapacidades. En las siguientes páginas, éste y otros aspectos relacionados con la utopía serán considerados por quienes, empleando interesantes enfoques, nos colaboran con sus valiosos ensayos. Estamos convencidos de que, tras finalizar su lectura, no habrá dudas respecto a cuán humano resulta incidir en esa evasión.

 

Percontari Nº 10

La materia que nos distingue

La regla es que toda persona tiene siquiera un momento, así sea fugaz, gracias al cual nota su singularidad. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz plantea que, cuando somos adolescentes, esta condición se nos revela, lo cual puede concebirse como un impacto mayor. Tomamos, pues, consciencia de que somos diferentes, pero también, como consecuencia del descubrimiento, nos sentimos solos. Una creencia como la de ser únicos, esencialmente irrepetibles, puede servir para el orgullo, aunque, por las exageraciones, causar también peligros. Pero esa certeza está asimismo en condiciones de conducirnos al desasosiego. Porque no todos los individuos se sienten a gusto con dicha condición; no encontrar seres con quienes haya coincidencias, aun en las desgracias, vuelve más pesadas las cargas que la vida nos impone. Por suerte, los elementos que nos unen a otros sujetos, aun cuando pertenezcan éstos a otras generaciones, distan bastante de ser falsos.

Encontrar lo que nos enlaza biológicamente con los demás es, sin duda, importante para entender nuestra naturaleza, pero resulta insuficiente. No se discute que, merced a la ciencia, el conocimiento de las particularidades del hombre haya sido provechoso, permitiendo, entre otros avances, sobreponernos a diversas enfermedades. Sería un absurdo negar que, durante los últimos siglos, esos exámenes del organismo, en distintos niveles, posibilitaron una comprensión más cabal de las conductas, decisiones y reacciones humanas. No obstante, allende lo físico, tenemos un patrimonio que nos hermana: la cultura. Tal como lo hace Michael Oakeshott, me refiero a todo aquello que, en las distintas épocas, hemos creado sin estar pensando sólo en la inmediatez del momento. Esas actitudes, comportamientos, así como experiencias e ideas, aun equivocaciones, constituyen un legado universal sin el que lo humano sería irreconocible. Porque, con esfuerzo, torpeza, ingenio y, ante todo, ganas de vivir, hemos complementado una realidad fisiológica, en resumen, para labrar nuestra propia esencia.

En diversas oportunidades, a menudo funestas, algunos mortales se han concentrado en acentuar las diferencias, pero no desde la perspectiva individual, sino grupal. Está claro que son incontables los criterios que pueden ser útiles para dividirnos. El reto está en propugnar lo que, sin provocar adhesiones irracionales, románticas y sectarias, sea adecuado para mejorar nuestra existencia, al igual que las relaciones con los semejantes. Es un fin de carácter ético que puede percibirse al leer las páginas del presente número. Afortunadamente, como notará usted, apreciado lector, quienes colaboraron en la entrega no consideran innecesario procurar el esclarecimiento de ese común denominador.