Percontari Nº 16(3 min. lectura)

Pedagogía de la deslealtad

En su libro Lecciones de los maestros, George Steiner escribe sobre varias relaciones entre discípulos y educadores. A través de sus páginas, signadas por el encanto que suele distinguir la prosa del autor, nos encontramos con diferentes parejas; algunas son literarias, pero hay también filosóficas. Un caso que resulta llamativo es el de Martin Heidegger. Sucede que, en principio, fue alumno de Edmund Husserl; es más, sin su fenomenología, Sein und Zeit jamás habría sido escrito. No es casual que la primera edición estuviese dedicada a su entonces entrañable profesor. Sin embargo, con el paso del tiempo, su distanciamiento de las enseñanzas que había recibido sería cada vez mayor. No sólo hubo desapego intelectual, sino también desamparo. En efecto, cuando ejercía el rectorado de la Universidad de Friburgo, donde había llegado a ser docente gracias al maestro, se atacó al profesorado judío. Su antiguo amigo fue aislado, privándosele del acceso a la biblioteca institucional, por lo cual no dudó en sentirse traicionado. El brillante alumno ni siquiera asistió al entierro de quien lo había valorado bastante en sus años estudiantiles.

Si bien, aun cuando Ernst Nolte y otros biógrafos se esfuercen por moderarla, esa deslealtad de Heidegger no admite discusión en el plano político o cívico, tal vez sea la única condenable. Ocurre que, antes de la llegada del nazismo al poder, ya se había producido una perfidia o, mejor aún, un cuestionamiento profundo al maestro. Sus ideas habían dejado de ser esclarecedoras, hasta cuando hablaba de temas fenomenológicos. Lo criticó de manera creciente, pudiendo concluirse que, para él, los conceptos empleados por Husserl merecían una reconsideración. Con todo, respecto a las ideas, hay aquí un gran trabajo del profesor. Es que, si, como educadores, aspiramos a forjar mentes autónomas, la mejor prueba de aquello es tener un discipulado contestatario. Es verdad que no se puede partir de la nada, despreciando del todo los conocimientos anteriores, incluyendo aquéllos impartidos por nuestros docentes. Negarlo sería un disparate. Pero, una vez comprendidos esos fundamentos, puede asumirse una misión más grande, esto es, su revisión. Así, pueden remirarse nociones que parecían indeliberables, procurando su complementación o, en determinadas circunstancias, la rectificación. Conseguir que se asuma tal tarea es la evidencia de un magnífico ejercicio del magisterio. Fue lo que, respecto a las objeciones aristotélicas, también pudo haber sentido Platón.

Por supuesto, no basta con advertir la multiplicación de alumnos insumisos para proclamar el espléndido nivel del educador. Lo que se busca es una crítica tan ilustrada cuanto esclarecida. No es una tarea de menor tamaño; empero, si fuera exitoso, el proceso educativo debería conseguirlo. Es uno de los aspectos que se puede tomar en cuenta al reflexionar sobre ese tema. Por fortuna, quienes colaboran en este número de la revista contribuyen a enriquecer su análisis. Huelga decir que no se anhelan lectores devotos, sino, por lo contrario, críticos y desleales.

 

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