Percontari Nº 11(3 min. lectura)

La negación de nuestra insuficiencia

En un texto sobre la tragedia griega, Castoriadis presenta a Prometeo como quien habría enseñado a los hombres que eran mortales. Tomar consciencia de una verdad como ésa no era irrelevante; por el contrario, en muchos casos, su percatación puede resultar difícil, incluso demoledora. En épocas que llevan la huella del optimismo, sea éste individual o colectivo, nada parece moderar nuestras pretensiones. Ciertamente, puede llegarse al exceso de creer que aun los obstáculos más colosales caerán frente a la voluntad, ante una entusiasta e invarible intransigencia. Con todo, cuando advertirmos que hay una barrera indeclinable, capaz de liquidar todos los sueños, nuestras dimensiones pierden su carácter fenomenal. Así, con rigor, se impone la humildad y, por tanto, las concepciones acerca del futuro se tornan modestas, razonables, realistas. Esto no quiere decir que, al ocurrir ese acontecimiento, hubiésemos perdido toda esperanza; salvo excepciones muy notables, aunque sea en niveles ínfimos, esa virtud nos acompaña siempre. Es más, su presencia puede distanciarnos nuevamente de la realidad, aunque nunca tanto como dos elementos sin los cuales muchas vidas resultarían incomprensibles: ilusión y fe.

No es necesario que alguien sea un amargado empedernido para formular quejas, lanzando insultos y obsequiando maldiciones, en contra de la realidad. Son incalculables las ocasiones en que nos damos cuenta de nuestras limitaciones. Porque no es sencillo resolver los distintos problemas que, en diferentes campos, se presentan a diario. Se requiere valentía para enfrentar esos desafíos, pero también mesura, una virtud que nos mantiene distantes de lo ilusorio. Lamentablemente, la tentación de caer en cualquier salida fantástica, gracias a cuyas atenciones los días ya nos parecen menos frustrantes, triunfa en numerosos casos. Son sus ejecutores quienes eludirán el reconocimiento de los límites que, por diversas causas, nos obligan a no engrandecer nuestras expectativas. En este sentido, nos plantearán que todo lo deseado es hacedero. No sólo esto. Porque ellos juzgarán imperativo que se produzca un cambio radical, una transformación merced a la cual todo lo pasado sea liquidado. Sin embargo, en la realización de ese cometido, tarde o temprano, entenderemos que ninguna perfección, peor aún social, nos tiene como titulares.

Desde Platón hasta Nozick, muchos filósofos se han ocupado de pensar en un orden o sistema perfecto. En más de una oportunidad, alentados por variados móviles, hubo autores que intentaron cubrir nuestras imperdibles falencias con sus ilusiones. Su apogeo y, cuando acomete la materialización del anhelo, el inevitable fracaso sirven para entender una particularidad que nos es propia, esa negación a aceptar, de buen gusto, defectos, miserias e incapacidades. En las siguientes páginas, éste y otros aspectos relacionados con la utopía serán considerados por quienes, empleando interesantes enfoques, nos colaboran con sus valiosos ensayos. Estamos convencidos de que, tras finalizar su lectura, no habrá dudas respecto a cuán humano resulta incidir en esa evasión.

 

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