Percontari Nº 19(3 min. lectura)

En pos de una comunicación original y ejemplar

Dejándolo de manifiesto en cuantiosas oportunidades, Bertrand Russell fue un filósofo que se distinguió por el sentido del humor. Estuvo lejos de quienes conciben el pensamiento como un oficio que, para su ejecución, exige ceños fruncidos, mirada penetrante y, entre otros requerimientos, censurar cualquier gracia. En una ocasión, evidenciando dicha virtud, dijo que jamás había escrito sobre estética porque no tenía dominio del tema, ignorándolo de forma significativa; sin embargo, complementando la explicación, aclaró que, según algunos colegas, eso nunca le había impedido reflexionar sobre otros múltiples asuntos. Pasa que, durante su dilatada existencia, pensó acerca de diferentes terrenos del saber, llegando incluso a protagonizar debates e instigar a la rebeldía en varias áreas. Habló, pues, de diversas cuestiones, pero dejó sin examen propio esa esfera en que la belleza y, por supuesto, el arte son fundamentales. Por suerte, otros como Kant, Hegel y Alain fueron más osados.

Contemporáneamente, los razonamientos en torno al arte pueden remitirnos al estudio de muchos autores. André Comte-Sponville es uno de los pensadores que ha escrito al respecto. Lo hace de forma pedagógica, clara, provechosa, como siempre. Destaco que, para él, los elementos que resultan indispensables para hablar de una obra maestra son dos, a saber: originalidad y ejemplaridad. El primer requisito nos aleja de la imitación, aun cuando ésta sea notable; por tanto, no podríamos ofrecer al prójimo algo que ya hubiese conocido. No se trata de alentar las rupturas radicales, revolucionarias; ser original no implica abolir el pasado. Por otro lado, esa creación artística debería ser ejemplar, despertando admiraciones, así como suscitando otras reacciones positivas, efectos mediante los cuales las personas puedan advertir cómo es vencida su indiferencia. De esta manera, se reconoce un componente fascinador en ese tipo de hazañas.

En definitiva, el desafío tiene que ver con ser tan singulares cuanto dignos del aprecio ajeno, sea racional o emotivo. Conforme a este parecer, el artista no podría ser presentado como agente que combina misantropía con cierta consciencia de lo bello. Su producción, como señala Sartre cuando habla de la literatura, no se agota en el concepto del soliloquio. Por consiguiente, la comunicación con su semejante será parte de sus designios, aunque sin desdeñar las formas, los modos, el estilo. No es un propósito que se pueda conseguir con facilidad. Quizá por esto quienes son reconocidos allí como genios sean tan pocos. Aludo a personas que han podido comunicarse —aún hoy, varios siglos después de su deceso— con la mayor de las eficacias posibles. Es cierto que pertenecen a nuestra misma especie; no obstante, ante su obra, como pasa con Leonardo, uno se siente gratamente inferior. En cualquier caso, ésta es apenas una de las perspectivas que nos depara el arte. Las páginas que constituyen este número sirven para evidenciar cuán distintos son los criterios en ese ámbito.

 

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