Percontari Nº 21(3 min. lectura)

El contraproducente rechazo a la política

Según Hannah Arendt, durante las distintas épocas, hubo pensadores que intentaron controlar la política, evitando cualquier desestabilización relacionada con esa dimensión de nuestra realidad. Aun cuando las luchas por el poder, así como la ejecución de cambios exigidos en cada tiempo, conforman lo esencial del ámbito político, Platón, Marx y otros autores tuvieron la pretensión de acabar con esas disputas. En efecto, ellos preconizaron que se instaurara un orden definitivo, gracias al cual lo concerniente a los asuntos públicos ya estuviese resuelto. Liquidadas esas preocupaciones, los hombres podrían dedicarse a tareas diferentes, ahorrando desgastes que acostumbran generar más angustias que beneficios. Pero olvidaron que su deseo de organización plena es incompatible con la naturaleza del individuo, quien, si tiene una mente sana, no se limitará a ocupar un solo espacio para satisfacer sus profecías.

El rechazo a lo político no es una rareza que sea exclusiva del pensamiento de algunos filósofos. Es cierto que, desde su óptica, se ofrecen razones para respaldar este punto de vista. Existe una labor teórica que, allende sus debilidades, es útil a fin de iniciar debates al respecto. No obstante, la regla es que las críticas sean lanzadas sin meditaciones de por medio. Como pasa en incontables terrenos, los cuestionamientos están privados de racionalidad. Al margen de aquello, pueden identificarse posturas que encuentran prescindibles los conflictos propios de la política. Debido a las consecuencias que originan en una sociedad, conviene reflexionar acerca de estos posicionamientos. 

Vale la pena recordar lo aseverado por defensores de utopías, tecnocracias y cualquier aspiración de laya totalitaria, sea laica o religiosa. Sólo en esos escenarios, tan ilusorios cuanto nocivos, podría desecharse la política. Los proyectos que versan sobre una estructura perfecta, en la cual no hay lugar para las disensiones, tornan innecesaria esa clase de actividades. Lo único posible sería el respeto a un sistema que, con rigidez antinatural, fue diseñado para normar al conjunto de ciudadanos. Deberíamos saber que esa estabilidad que ofrecen tiene como contraprestación la libertad. Solamente cuando ésta es pulverizada, el sueño de un ordenamiento impecable resulta factible. Por otro lado, amparados en discursos de tipo administrativo, mostrando desprecio hacia las pugnas entre doctrinas, existen sujetos que se presentan también como salvadores. Presumen que un hombre puede ser desprovisto de sus ideales. El problema es que nuestra convivencia no se regula con guías asépticas, tecnocráticas; sus normas deben encaminarse a la búsqueda de fines superiores. 

La política no es tampoco bienvenida entre muchos de quienes se reconocen como artistas. Son incalculables los que, presentándose así, no tienen ningún interés en las cuestiones del Estado y la sociedad. Tontamente, presumen que su apatía los librará de las abominaciones ocasionadas por el régimen. Hasta el cansancio, algunos individuos que componen tal fauna han expresado su predilección por una realidad en la cual no haya esos afanes del poder. Deben entender que, por ese desdén, pueden triunfar candidatos dispuestos a extinguir su sosiego. Llegado el momento de la perversión del gobernante, todos los seres humanos, tanto apasionados como indiferentes a sus ministerios, podrán convertirse en víctimas. Tal vez las siguientes páginas puedan servir para persuadirlos, o a cualquier ciudadano, de albergar estas inquietudes.

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